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domingo, enero 03, 2016

Chiro, la historia del perro que ya no quiso seguir padeciendo la “mezquindad humana”

Fabiola Cortés Miranda

PLAYA DEL CARMEN, MX.- Éste fue el último diciembre de Chiro, un perro que ya no resistió la “mezquindad humana”; escribo entre comillas “mezquindad humana” porque esas palabras así juntas me parecen redundantes, pues no creo que exista mezquindad o malicia entre los animales, ambos sentimientos son propios de las personas.


Chiro vivía en el poblado de Chemuyil, a unos 35 kilómetros de Playa del Carmen. Y fue el azar quien nos llevó a él.

Era el primer día de vacaciones con unos amigos venidos de la Ciudad de México. Después de pasar media tarde en la paradisiaca playa de Xcacel-Xcacelito, decidimos ir a comer al famoso restaurante de pizzas que está en el poblado de Chemuyil.     

Llegamos en el momento preciso en el que estaban abriendo el pequeño restaurante de comida “low food”, y a unos metros de la entrada estaba un perro callejero al que tuvimos que esquivar porque tambaleaba en medio de la calle. Al bajarnos del auto tratamos de indagar si lo habían atropellado o si alguien sabía qué le pasaba.

Chiro, como después supimos que se llamaba, llevaba días tirado en la calle, adolorido y agonizante.   

La indiferencia de las personas del pueblo de Chemuyil resultó grotesca. El perro estaba ciego y tenía los ojos cubiertos por una especie de hongos. Intentaba ponerse en pie pero no lo lograba, el cuerpo no le respondía, dos de sus patas se doblaban sin más.

Después de nuestro azoro, algunas personas se acercaron. Hizo su aparición la “autoridad del pueblo”, la delegada Nibia Lizama, solo para confirmarnos que el perro era propiedad de un hombre que tiene problemas de alcoholismo, y que al parecer lo tundía.    

Así las cosas, decidimos traer al perro a Playa del Carmen para llevarlo al veterinario. Previamente hablamos a una de estas asociaciones dedicadas al rescate de perros callejeros.

Unos policías nos ayudaron a subir al perro a la cajuela, y nada más de tocarlo, el animal se dolía, intentando morder, como una reacción que ya tampoco coordinaba del todo. En el trayecto el perro emitió aullidos lastimosos, hasta que después de unos minutos se durmió.

Chiro estuvo cinco días en el veterinario, le limpiaron la infección y corroboraron que estaba ciego. Sobre su imposibilidad de caminar el diagnóstico del veterinario fue que probablemente lo habían golpeado y le habían afectado parte del cerebro y con ello sus funciones motrices, pues no presentaba lesiones.

La sugerencia fue que se durmiera al perro. Antes de eso le pedí a la propietaria del refugio que buscara a través de las redes sociales quién se hiciera cargo de Chiro, y su respuesta fue lapidaria: “nadie quiere un perro ciego y que no puede caminar, ¿tú lo adoptarías?”, me espetó.

Durante los cinco días que Chiro estuvo en el veterinario no quiso comer, ni siquiera beber agua; se le mantuvo vivo a base de suero.

El perro se hizo un ovillo, y los días que fuimos a verlo, estaba siempre dormido. Lo acariciábamos y le hablábamos, y a veces se encogía con más fuerza y ocultaba su cabeza, como si no quisiera nunca más saber de los humanos.  

Aunque no fue sencillo decidirlo, al final elegimos que Chiro se fuera. La realidad era que nadie de nosotros podía hacerse cargo del perro, además de que supusimos, quizás para auto aliviarnos, que  habría continuado con una vida infeliz por sus condiciones.

Cuando se fue, Chiro ya no aullaba de dolor, respiraba sin sobresaltos. Recuperó algo de la tranquilidad que seguramente tuvo en días menos desafortunados.

Mi amigo Noé, Doctor en Psicología y seguidor del budismo, pagó la mitad de la cuenta del veterinario por lo que de su karma le tocaba. Y concluyó que a la vida se viene a dos cosas: a vivir el karma y a generar karma. Deseamos que Chiro en verdad tenga otra vida y esta que tuvo, de reencarnación en perro apaleado, haya cerrado un círculo.

Yo, que creo, aunque no tan vehementemente en el karma, pienso que Chiro fue, como muchos perros, víctima de la mezquindad, de la indiferencia y de la deshumanización. Por eso, este año que empieza, aquellos que quieren un perro, en principio les digo, no lo compren, adóptenlo, y antes de llevarlo consigo, piensen si verdaderamente van a dedicarle tiempo o lo dejarán morir lentamente de hastío y desesperación amarrado de una cadena o en la azotea de su casa. 

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