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lunes, noviembre 21, 2016

Roberto Borge también vendió los terrenos que alguna vez quiso Donald Trump

Fabiola Cortés Miranda

La historia no es reciente y tampoco inédita. Es muy sabido que en 2007 el ahora presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, pretendía realizar un enorme desarrollo turístico en Punta Molas, la parte oriental de la Isla de Cozumel, una zona completamente virgen y de alta fragilidad ecológica ubicada en el mar Caribe. Pero al final, el magnate decidió retirarse por dos cuestiones.


La primera, se ha dicho repetidamente, es que el entonces alcalde de Cozumel, el panista, Gustavo Ortega Joaquín (2005-2008), le habría pedido a los hijos de Donald Trump 20 millones de dólares para otorgar el cambio de uso de suelo a la zona y asignarle las densidades necesarias para construir tres mil cuartos hoteleros, marina, canales, campo de golf, tiendas y hasta aeropista.


Sobre esta versión, en fechas recientes, Ortega Joaquín circuló a través de redes sociales una extensa explicación, y negó que le hubiera pedido dinero a Ivanka Trump y Donald Trump Jr, con quienes se reunió en 2006, junto con el entonces gobernador, Félix González Canto, en la casa de Fernando Barbachano Herrero, quien sería uno de los socios inversionistas. Vía telefónica Gustavo Ortega reiteró a esta reportera que es falsa la versión de la solicitud de 20 millones de dólares en calidad de “mordida” o “moche” a los Trump.

El otro gran problema que enfrentó el proyecto fue la resistencia de ambientalistas y ciudadanos debido a que implicaba devastar manglares y vegetación diversa, pero lo peor: una grave sobrecarga y contaminación para la Isla. A pesar de ello, las modificaciones al uso de suelo en el Plan de Ordenamiento Ecológico Territorial (POEL) para desarrollar la zona que se llamaría comercialmente Punta Arrecifes, sí fueron avaladas por el cabildo de Cozumel, durante la administración de Gustavo Ortega, en 2008, por lo que el mayor inconveniente legal estaba zanjado.


Le pregunto a Gustavo Ortega, que si no fue la solicitud ilícita de dinero, ni las cuestiones ambientales, ¿qué fue lo que hizo desistir a Donald Trump de invertir en una zona paradisiaca?. “Fueron las condiciones económicas. En septiembre de 2008 viene la crisis hipotecaria en Estados Unidos, eso es lo que frenó el proyecto, fue un problema crediticio, los Trump se concentran en los proyectos ya existentes”, asevera el ex Presidente municipal de Cozumel, y recuerda que los hijos del magnate volvieron a Cozumel para retomar el proyecto en la administración del alcalde priísta Aurelio Joaquín González (2011-2013); lo cual en su momento quedó consignado en la prensa local, pero sin que se concretara nada.  

Un proyecto solo de papel

Todo lo arriba dicho ya es sabido, pero lo que no se sabe del proyecto Punta Arrecifes es que los inversionistas y el gobierno mexicano pretendían venderle a Donald Trump “espejitos”, porque cuando le propusieron hacer el “gran negocio” en un territorio virgen del Mar Caribe, en realidad no tenían aún los terrenos para el mega desarrollo, pues éstos eran del Instituto del Patrimonio Inmobiliario de la Administración Pública (IPAE), el mismo que usó Roberto Borge para beneficiar con predios a empresarios, amigos y familiares. Barbachano Herrero los adquirió apenas en el 2011, y desde entonces, las mil hectáreas se encuentran en litigio.

Fernando Eugenio Barbachano Herrero proviene de una familia latifundista de la Península de Yucatán, es hijo de Fernando Barbachano Peón, quien fue dueño del terreno donde se encuentra la zona arqueológica de Chichén Itzá, y por el cual la entonces gobernadora de Yucatán, Ivonne Ortega, pagó 220 millones de pesos al nieto de Barbachano Ponce: Hans Jurgen Thies Barbachano.

En el 2008, para el negocio que los ex Gobernadores y Barbachano Herrero pretendían hacer con Donald Trump, sólo se tenían 100 hectáreas, propiedad del socio inversionista, las cuales tienen una franja costera de 10 kilómetros, pero sobre esta lonja de 10 hectáreas no se podía desarrollar nada por su alta fragilidad y porque se encuentra pegada al mar con un suelo rocoso que en el primer huracán convertiría cualquier desarrollo en ruinas; de allí que se requerían de las otras mil hectáreas, las cuales en 2008 no eran de Fernando Eugenio Barbachano.

Las mil hectáreas del proyecto le fueron vendidas al yucateco por el Instituto de Administración del Patrimonio Inmobiliario del Estado, el ahora famoso IPAE, en el 2011, y fueron algunas de las cientos de hectáreas que remató Roberto Borge Angulo.

El 10 de mayo de 2011, un mes después de que Roberto Borge asumiera el cargo de gobernador del estado, el IPAE le entregó a Fernando Eugenio Barbachano Herrero, a través del contrato de compraventa simple 01456 de fecha 11 de agosto de 2010, un polígono de 700 hectáreas, esto es de siete millones de metros cuadrados por los que pagó 14 millones de pesos. El contrato de promesa de compra-venta se realizó en la administración del ex gobernador Félix González Canto, y se materializó con Roberto Borge Angulo.

AQUÍ SE PUEDE VER EL TÍTULO DE PROPIEDAD DE LAS 700 HRAS EXPEDIDO POR EL IPAE.

El contrato de compraventa del otro terreno de 300 hectáreas, o tres millones de metros cuadrados, se concretó el 13 de abril de 2011, apenas unos días después de que Roberto Borge tomó el poder, y Fernando Eugenio Barbachano Herrero pagó por éste solo seis millones de pesos.

AQUÍ SE PUEDE VER EL TÍTULO DE PROPIEDAD DE LAS 300 HECTÁREAS EXPEDIDO POR EL IPAE

La venta en 2011 de mil hectáreas, diez millones de metros cuadrados en una paradisiaca zona, a solo 20 millones de pesos, y que tenía en puerta un mega desarrollo sin duda parecía un gran negocio para los involucrados: Fernando Eugenio Barbachano y los ex gobernadores Félix González Canto y Roberto Borge Angulo; porque en el 2008, cuando el apellido Trump retumbó en Cozumel, las mil hectáreas aún no formaban parte del polígono del desarrollo con el que se pretendió conquistar a los hijos del magnate; se trataba de un proyecto de papel, y quizás en ese momento los Trump olieron el fraude.

Las mil hectáreas que le fueron vendidas a Fernando Eugenio Barbachano desde el momento en que le fueron transmitidas, y hasta ahora, se encuentran en litigio; en un juicio que Luis Emilio de Jesús Bolio Méndez no se ha dejado ganar, como se puede ver en el Registro Público de la Propiedad y el Comercio (RPPC) de Cozumel donde ambos predios tienen anotaciones judiciales.

Aún así, en el 2011, ya con el terreno de mil hectáreas adquiridas por Barbachano Herrero, se pretendía un desarrollo de menor densidad, de 600 cuartos, y ya no de las tres mil habitaciones, aunque conservando las amenidades; sin embargo, el tema ambiental seguía más vivo que nunca, y la presidenta de Cielo, Mar y Tierra (Citymar), Guadalupe Álvarez, advirtió que los ciudadanos volverían a salir a las calles para evitar una catástrofe ecológica para la Isla.

En mayo de ese año, el entonces alcalde Aurelio Joaquín se volvió a reunir con los hijos de Donald Trump, y unos meses después, en septiembre, el proyecto Punta Arrecifes se presentó en Cozumel ante la clase empresarial; pero el apellido Trump empezó a referirse con reservas, pues al parecer, los jóvenes hijos del ahora Presidente electo de Estados Unidos ya habían perdido el interés en el sitio.

Punta Arrecifes ya es área natural protegida

Todo sueño sobre un posible desarrollo en una de las zonas más vírgenes de Cozumel se desvaneció en septiembre del 2012 cuando se publicó en el Diario Oficial de la Federación el Decreto por el que se declaró Área Natural Protegida, con el carácter de área de protección de flora y fauna, la porción norte y la franja costera oriental, terrestre y marinas de la isla de Cozumel.


Desde el aire, se puede apreciar la majestuosidad de la zona, el suelo verde tupido de vegetación, con franjas rocosas, y el mar azul con manchones de microatolones; un gran vestigio ecológico conocido como “El Castillo” sobresale por su altura, y algo más retirado, sigue erguido un viejo faro.



Pero desde tierra solo es posible penetrar en vehículos todo terreno, a través de una vereda que por momentos se torna demasiado rocosa, y si no fuera por el continúo paso de los vehículos militares que todos los días transitan el lugar, conocido por los constantes recales de droga, en unas semanas la vía nuevamente quedaría sepultada por la vegetación, que por todos lados predomina, al lado de altas dunas de arena. Un fuerte olor parecido al jazmín se respira durante el recorrido, lo desprenden los arbustos de pansil, una planta que se aferra a la arena y a las rocas. Así es el territorio que alguna quiso destruir Donald Trump junto con sus “socios” mexicanos, y que ahora está en disputa entre particulares, luego de que en el Gobierno de Roberto Borge las 900 hectáreas dejaran de ser parte del patrimonio del estado. (Texto y fotos: Fabiola Cortés Miranda)



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